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El Comercio.es

20.04.2012

Trasplantes que entran en juego

El deporte favorece una mejor recuperación de quienes reciben un órgano

Trasplantes que entran en juego

Mario Suárez, trasplantado de corazón.

Como a él, a muchos trasplantados el deporte les ayudó a superar la operación y a demostrar que con esfuerzo se puede llegar hasta dónde se quiera. Incluso a competir.

José Luis tenía nueve años cuando su hermana, Montse, murió como consecuencia de una fibrosis quística, una enfermedad congénita y hereditaria que afecta, en la mayoría de los casos, a los pulmones. Los médicos le comunicaron que él sólo iba a ser portador de la enfermedad y que nunca la desarrollaría. Pero se equivocaron. Y con apenas 21 años su capacidad pulmonar se redujo drásticamente. «No podía subir un piso de escaleras», explica José Luis.

No era consciente de la gravedad hasta que un día, subiendo a El Molinón con su padre para ver un partido entre el Sporting y el Real Madrid, se quedó prácticamente sin aire. «Cuando llegué a las gradas, me agarré a mi padre y le dije que me moría. Nunca olvidaré la cara que puso», recuerda el tenista. Finalmente se tranquilizó y pudo sentarse a ver terminar el choque. «De allí no me sacaba ni la UVI», rememora entre risas. Trece años han pasado desde entonces. Ahora respira gracias a unos pulmones trasplantados y disfruta de las pequeñas cosas de la vida y del deporte .

Otro revés de la vida

Fue operado en Valencia en julio de 1998, dos meses después de entrar en lista de espera. La recuperación, por fortuna y para sorpresa de los médicos, fue más rápida de lo esperado. «A pesar del deterioro físico yo tenía una gran fortaleza. En mi familia siempre hemos sido muy deportistas. Desde pequeño he practicado tenis, pero también he jugado al fútbol, he hecho artes marciales.». Una fortaleza de la que volvió a hacer gala al mes de ser operado. Su padre, que ya había pasado por una situación similar con su hija, fallecía de un ataque al corazón. José Luis regresó a Avilés y se hizo cargo de la empresa familiar. Su abuelo fue el primero en traer a Asturias una máquina recreativa. Hoy, el negocio ha crecido. Y la familia, también. José Luis es padre de una niña de cuatro años. Se llama Montse, como su hermana.

Volvió a coger una raqueta, por afición, hasta que comprendió que con su esfuerzo podía hacer algo importante por los demás. «Los resultados deportivos pasan a un segundo plano cuando piensas que en la grada puede haber personas que están esperando un donante y te están viendo a ti, una persona trasplantada».

Ahora es tenista profesional. En 2005 pisó las pistas por primera vez después de la operación y lo hizo en el Mundial de Trasplantados de Canadá. Al año siguiente estuvo en el Europeo de Hungría, donde subió a lo más alto del podio. «Fue espectacular. En todo el torneo sólo me hicieron tres juegos», subraya José Luis. En 2008 volvió a ganar en el campeonato celebrado en Alemania y consiguió el bronce en dobles.

Una hazaña que quiere repetir este verano en Zagreb. Aunque esta ocasión es especial ya que regresa a la élite deportiva tras un catarro mal curado que le llevo de nuevo a pasar por el hospital. El deporte, dice, le ayuda a paliar los efectos secundarios de la cantidad de fármacos que toma al día. No para de hacer cosas. Desde hace años colabora con la Asociación Asturiana contra la Fibrosis Quística y con su ayuda tiene pensado organizar, antes de que finalice el año, un torneo benéfico de un día en el que se enfrentará al tenista Juan Carlos Ferrero. «Estamos mirando fechas y probablemente se haga en diciembre, en Avilés», detalla.

Una situación muy parecida a la de José Luis vivió otra avilesina, Paula García Gil. Hace veinte años volvió a nacer. No bebía ni fumaba, pero su hígado empezó a dar problemas. «Dicen que fue un virus, pero no saben el origen de la enfermedad». Tuvo que irse a Barcelona para ser operada. Le quedaban pocos días de vida, ya que varios órganos vitales se habían parado, cuando llegó su nuevo hígado. «Fueron los cinco días más largos de mi vida -señala Paula-. Ya no está en tus manos, ni en la de los médicos, ni en tu familia. Necesitas de otros. Fue muy duro».

Lo que más le preocupaba era saber qué pasaría después de la operación: si iba a tener calidad de vida o si continuaría enferma. «Los trasplantes no eran como ahora. Antes era todo muy novedoso», comenta.

A sus 40 años vive en Teruel, donde trabaja como jefe de mantenimiento de un hospital alejada de la competición y de las pistas de atletismo, pero sigue muy cerca de la montaña, su gran pasión. El ejercicio, dice, forma parte de su vida. «Hacer cualquier deporte supone un sacrificio. Es una responsabilidad y creo que esa actitud me ha valido para la vida. Los médicos me dijeron que si no hubiese estado tan fuerte no hubiese soportado la enfermedad», cuenta.

Vivir por dos

«Vivir y estar sano es un don y tengo que aprovecharlo por mí, por el donante y por su familia. Le debes algo tan importante como la vida», asegura Paula. Después de la operación retomó sus estudios de Ingeniería Técnica Industrial y se apuntó a la Atlética Avilesina. Participó en varios mundiales de Atletismo de Trasplantados y en varias ocasiones se trajo la medalla de bronce para casa. Y en 1997, en Budapest, quedó campeona del Mundo de 3.000 y 1.500 metros.

Pero los inicios no fueron fáciles. El primer año después del trasplante sólo podía caminar. «Me acuerdo que andaba por los pasillos del Hospital Clínico de Barcelona y me ponía metas. Cada día intentaba llegar un poquito más lejos. Llegó un momento, que de tanto caminar por el hospital, me conocía a todo el personal», recuerda Paula. Y en tres años ya corría como cualquier otro deportista sano. Tres años en los que estuvo totalmente desconectada del baloncesto, deporte que practicaba antes de enfermar. Por temor a los golpes decidió dejarlo y dedicarse al atletismo.

En realidad, a Paula no le gustaba la competición. Lo hacía, asegura, por una causa mayor: «Cada vez que salía en la prensa notaba que la gente se animaba a ser donante». Jesús Otero ,coordinador de Trasplantes del Hospital Universitario de Asturias y también trasplantado de pulmón, cree que «la recuperación en una persona que haga deporte es mucho más rápida porque está acostumbrada al esfuerzo».

En relación a la práctica del fútbol de élite, en referencia al caso Abidal, recientemente trasplantado de hígado, le genera dudas. «No lo conozco mucho, pero creo que no va a tener ningún problema en volver a jugar cuando se recupere», apunta. Algo en lo que no coincide con Mario Suárez. «Quizás no deba seguir jugando al fútbol, pero existen otras disciplinas como el atletismo que sí se pueden realizar», declara este sierense, quien sufrió un ataque al corazón a los 43 años. Fue el primer aviso. Dos años más tarde, otro infarto le dejó ingresado en el hospital hasta que llegó el momento de cambiar su corazón por otro nuevo.

A los treinta y tres días de espera le llamaron para comunicarle que ya estaba todo listo para el trasplante, pero no contaron con un imprevisto. «Tuve la mala suerte -dice Mario- de que cuando me llamaron se estropeó la ambulancia en plena autopista. Entonces avisé al hospital para que le dieran el órgano a otro», cuenta. Pero ese corazón estaba destinado para él. Así que le llevaron a La Morgal y, desde allí, en helicóptero hasta Valdecilla, en Santander, donde le operaron.

Una segunda oportunidad

A sus 68 años, está pensando en dejar la competición, pero no así el deporte. Si echa la mirada atrás, su palmarés es extenso. Lo suyo es la velocidad -los 100 y 200 metros lisos- y el salto de longitud. Ganó tres Mundiales, seis Campeonatos de Europa y ocho de España. Además, fue el primer trasplantado de corazón que se impuso en un Campeonato de España de Veteranos para deportistas no trasplantados. Todos estos triunfos se los dedica a la persona que le donó su corazón.

«Sólo sé de él que era vasco, que tenía 28 años y que murió a causa de un accidente. Gracias a él he podido ver nacer y crecer a mis dos preciosas nietas. Creo que ya me puedo ir de este mundo totalmente feliz», sentencia Mario.

En España, afirma el veterano atleta, hay más de cinco mil personas esperando por un órgano que les permita seguir viviendo. «Que no dejen que lleguen al cielo. Allí saben que no se necesitan; sin embargo, en la Tierra son imprescindibles», incide.

 

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