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12 píldoras informativas sobre la Fibrosis Quística. AGOSTO: Medio ambiente

Sabemos que nuestra relación con el medio ambiente impacta sobre nuestra salud y calidad de vida. Afortunadamente, cada vez se observa una mayor preocupación general por las cuestiones ambientales y por conseguir un desarrollo sostenible, que garantice una adecuada calidad de vida para las generaciones actuales sin comprometer a las generaciones futuras, tal y como se plasma en los objetivos de desarrollo sostenible adoptados por la ONU para su consecución en 2030.

La protección del medio ambiente está justificada, no sólo por una cuestión ética y de responsabilidad del ser humano con el entorno o por la necesidad de gestionar de un modo sostenible los recursos naturales de los que depende (entre otras cosas) la economía; sino que existe un componente primordial y es el hecho de que aspectos como la calidad del aire o la biodiversidad afectan de forma directa a la salud pública.

 

Contaminación ambiental y Fibrosis Quística 

Según una publicación de 2017 de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR), el 35% de la población española respira aire contaminado. Sabemos que respirar aire contaminado ocasiona distintos problemas de salud tanto de forma aguda como a largo plazo, especialmente enfermedades que afectan al aparato respiratorio y al sistema cardiovascular. Pero la contaminación ambiental no afecta a todas las personas por igual; los niños, ancianos y personas con patologías respiratorias son los más vulnerables, ya que pueden presentar infecciones, síntomas respiratorios y agravamiento de su estado de base.

Concretamente, en personas con Fibrosis Quística, la exposición a la contaminación del aire se asocia con una disminución de la función pulmonar y una mayor posibilidad de exacerbación pulmonar, tal y como señala una investigación de EEUU, publicada en 2004. Las exacerbaciones pulmonares en personas con FQ son perjudiciales porque aceleran la progresión de la enfermedad y provocan una esperanza de vida más corta, además de afectar negativamente a su función pulmonar y calidad de vida. Los investigadores observaron también que los aumentos agudos en la contaminación del aire están asociados con una mayor probabilidad de recibir tratamiento antibiótico adicional.

Se considera que el aire que respiramos está contaminado cuando contiene cantidades apreciables de sustancias que lo hacen menos saludable y pueden suponer molestias o riesgo para los individuos que lo respiran. Los contaminantes más habituales en nuestro medio son las partículas, el monóxido de carbono (CO), el dióxido de nitrógeno (NO2), el ozono (O3) y el dióxido de azufre (SO2). Y las causas de mayor relevancia de estas emisiones son la actividad industrial y, especialmente, el tráfico rodado, ya que se produce muy cerca de los lugares donde la gente vive, trabaja, pasea y se relaciona.

contaminacion ciudad

Para minimizar este impacto sobre nuestros pulmones, SEPAR recomienda:

  • Mantenerse informado por los medios cuando haya amenaza de contaminación grave.
  • Evitar paseos largos, sobre todo en las horas centrales del día y en los días de gran contaminación y, si es posible, proteger la nariz y la boca.
  • Evitar zonas de tráfico intenso.
  • Vigilar especialmente los días de verano muy calurosos y húmedos.
  • En casa: optimizar la calidad del aire eliminando el humo del tabaco, productos químicos como ambientadores o productos de limpieza.
  • Para los niños: evitar ejercicio intenso durante los días de gran contaminación.
  • Para las personas con alguna patología respiratoria crónica: vigilar la aparición de signos y síntomas de empeoramiento.

 

El pasado año, durante la 24ª edición de Neumomadrid, unas de las cuestiones más destacadas y novedosas que se presentaron fue la implicación de la contaminación actual y el calentamiento global en las enfermedades respiratorias. En el caso concreto del calentamiento global, se ha visto que también tiene un efecto negativo sobre la salud, tal y como explica María Jesús Rodríguez Nieto (presidenta de Neumomadrid), ya que “el calor extremo puede aumentar la mortalidad por enfermedades respiratorias en personas mayores y los síntomas en enfermos respiratorios crónicos, incrementando las agudizaciones e ingresos hospitalarios”.

Por su parte, la Asociación Americana de Pulmón ha advertido que, a medida que aumentan las temperaturas, las plantas producen más polen, lo que a su vez aumenta los alérgenos, y se incrementa el riesgo de incendios forestales, que producen partículas microscópicas peligrosas difundidas a través del humo.

Un estudio internacional liderado por la Universidad de Lovaina (Bélgica) y con la participación de investigadores del Vall d’Hebron Institut de Recerca (VHIR) demostró la relación de la contaminación del aire con la mortalidad y la aparición de disfunción crónica del injerto en los pacientes trasplantados de pulmón. La investigación, publicada en el European Respiratory Journal, contó con 5.700 pacientes trasplantados de pulmón en 13 hospitales de 10 países europeos diferentes entre 1987 y 2012. Y los resultados demostraron que si reducimos los niveles de contaminación a los niveles recomendados por la OMS, podríamos prevenir alrededor del 10% de la mortalidad en los pacientes trasplantados de pulmón. El estudio reveló también que dos terceras partes de los pacientes analizados vivían en zonas urbanas con bastante tráfico y valores superiores a los 20µg/m3 (de exposición anual media a las partículas en suspensión) recomendados por la OMS.

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Una sola salud: COVID-19 y medio ambiente

El concepto «una sola salud» fue introducido a comienzos de la década del año 2000 para explicar que la salud humana y la sanidad animal son interdependientes y están vinculadas a los ecosistemas en los cuales coexisten. Una mala relación de estos tres factores puede producir problemas de salud relacionados con enfermedades zoonóticas (transmitidas de animales a humanos, como el SARS-CoV-2), resistencia a los antibióticos, seguridad alimentaria y muchos más.

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El 5 de junio se celebró el Día Mundial del Medio Ambiente, que estuvo centrado en la importancia de la conservación de los ecosistemas, al ser éstos la primera y más eficaz barrera de protección frente a la aparición de pandemias. La pérdida de biodiversidad podría aumentar el riesgo de zoonosis en los próximos años, al acortar la cadena de contagios.

El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) calcula que un 60% las enfermedades humanas son de origen animal. Una cifra que asciende hasta el 75% en enfermedades emergentes mucho más recientes, como son ébola, zika, gripes aviares, otros SARS e incluso sida, y que están asociadas a menudo a cambios medioambientales, resultado de la actividad de los humanos, el cambio climático, la deforestación y la invasión de hábitats de vida silvestre.

Si el ser humano continúa explotando los recursos y destruyendo los ecosistemas, existe el riesgo de propagación de otras pandemias, acentuado además por la globalización, que facilita la dispersión territorial de patógenos.

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Según los expertos, en este momento es más necesaria que nunca la concienciación medioambiental. Uno de los riesgos identificados por un grupo de investigadores del Urban Transformation and Global Change Laboratory (TURBA Lab) de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) son los recortes en materia ambiental, debido a una nueva priorización política orientada a la reactivación de la economía. Alertan además de la flexibilización de las normas ambientales (en Estados Unidos se planteó dejar de imponer sanciones a las industrias contaminantes), la posible reindustrialización con industrias contaminantes, el mayor uso del coche para desplazarnos por miedo al contagio, o el incremento de residuos por la utilización de mascarillas, guantes y otros materiales desechables.

Pero más allá de estos riesgos, también señalan una serie de oportunidades: “la pandemia de COVID-19 puede favorecer una transición acelerada hacia una movilidad urbana más sostenible (a pie, en bicicleta, cortando calles al tráfico, etc.), lo que reduciría la contaminación atmosférica, algo que ya se observó durante el confinamiento”. Además, en la nueva normalidad pueden consolidarse algunas experiencias aplicadas en el confinamiento, como la generalización del teletrabajo y el uso de herramientas como Zoom para realizar videoconferencias o charlas, que “podrían reducir significativamente los impactos ambientales derivados de la hipermovilidad, así como promover patrones de asentamiento en zonas rurales”.

Ahora que somos cada vez más conscientes de cómo nuestra relación con el entorno puede impactar sobre nuestra salud y calidad de vida, debemos propiciar cambios de comportamiento globales y cambios políticos, así como reforzar el papel de la ciencia en la toma de decisiones. Tal y como concluye el informe de la UOC, “implementar políticas apoyadas por la comunidad científica será clave para hacer frente a las nuevas y viejas crisis”.